EXPERIENCIAS DE DANZA
Contactos ajenos o… bien conocidos

Nada es casual. Los seres y las cosas. Ambas parecen confabularse en un mismo sitio para mostrarse, adueñarse, relacionarse con el otro.

Qué tanta capacidad tiene el hombre,  acostumbrado a entrelazarse con el ligero dominio ante el otro o ante lo nuestro. Qué valiosa oportunidad,  “desperdiciada” para algunos, la que cada cuerpo ofrece con un infinito potencial de transmitir generosamente sus claros y oscuros.

Indiferentes o no, son algunos oídos ante el suave concierto de notas que de fondo intentan atrapar los sentidos, los pasos, la intención. Aun así, con esas sugestivas melodías, no se dejan de medir las formas y libres disposiciones de carne y hueso. Quieres ver o cierras los ojos como un impulso para atreverte y acercarte. Tocas o dejas que lo hagan. O convencido emprendes la retirada con una complexión rígida y valerosa.

Frente a frente tratas de encontrar el momento preciso, en el que despacio te acercas al otro, quien en su postura tensa o de esplendorosa soltura espera la llegada de una mano que apenas empieza a tocar. Probablemente, esas manos tiemblan para no dañar, dudan para no accionar, pero la intención está ahí, ofrecer lo que cada uno es capaz, como una máxima manifestación de dar.

Poco desconcertados para lograr el equilibrio ideal. Ese punto medio al que desean llegar los cuerpos que ejercen un constante poder.

Qué temor o qué ganas de fundirse en el otro. Pareciera una lucha desigual entre alturas y complexiones, pero el deseo del suave balanceo corporal es ese, alcanzar una alianza entre manos,  brazos, hombros y espaldas. Depositar tu confianza en los rostros serenos, impávidos, indiferentes, imperturbables, valientes, vigilantes, adormecidos, irritables o confusos.

Si se alcanza el tan buscado equilibrio,  la danza es sencilla… Qué historias se llevan a cuestas que reprimen la voluntad de experimentar la libre sensación de darte al contacto ajeno o bien conocido.

 

Identidad

Jamás habría hecho tan consciente la versatilidad que tiene el ser humano hasta experimentar en danza propia los cuatro poderes naturales. El desenlace fue una asombrosa proyección de mi cuerpo.

Por ello, escribiré en primera persona, abriré mi sentir.  Alguna coincidencia o diferencia con éste será sumada a una extensa lista en maneras de bailar.

Danzar con el aire, el agua, el fuego y la tierra te marca esa afanosa personalidad que te hace gozar de escondidas y latentes facetas. Ahí están. A veces reprimidas por el deber ser, pero se exponen a la danza gozosa, combinada, tal vez, con un poco de malicia, locura, travesura o coraje…  Así fue, disfruté cada uno de estos roles hasta el cansancio y aunque algunos viven en mí en específicas circunstancias de la vida, pude saborearlos con infinito placer.

Nuevamente y más asimétricos que nunca, los muy liberadores movimientos. No importó la imagen o los pasos di sino cómo los disfruté.

Flui y soñé, giré en ese viaje por el viento, como si quisiera conquistar lo que el hombre nunca ha podido. Sentí la frescura en cada uno de los poros de mi transpirada piel. Deseé alcanzar, dirigirme a ese espacio en el que me encontré y sola disfruté. Quise quedarme suspendida entre aleteos.

Pero llegué a las profundidades del ser, al flotar en la humedad que te da el contacto con el líquido vital. Muchos bailarían con cautela, tranquilidad o con la espontaneidad de querer sumergirse en la intimidad de sus decisiones. Quise atraparlas, algunas se desvanecieron con el ir y venir y, otras las sujeté con la energía necesaria para no dejarlas escapar.

La fuerza llegó con las ardientes llamas que abrasaron y encendieron los impulsivos y excitantes movimientos de mi cuerpo. Expresé, hasta con los más delgados cabellos: las pasiones, el amor, los retos, el coraje, el desasosiego y  la aflicción. Arrojé todo aquello que me estorba y me quedé sólo con los apetitosos anhelos que hacen más interesante y esperanzador mi camino.

¡Pensé que había perdido el control mis movimientos!

Con trabajo logré pisar tierra firme. Siempre he creído que este elemento es parte de mi esencia, por la frialdad con la que a veces tomo las circunstancias de la vida. Pero a qué te invita cuando das esos pasos: a la firmeza o a la sutileza. Lo terrenal me da un sinnúmero de oportunidades, un fastuoso banquete de opciones: responsabilidades, experiencia, indiferencia, servidumbre, juramentos, competencia, amor….. Cómo quiero y cómo quieres bailar.

Y en cada camino de la volátil vida, a veces estamos al frente para encabezar grandes planes. Cada uno tiene su manera de dirigir, de hacer mover a otros cuidando su integridad y a la vez exigiendo cumplir. Sientes el poder o tímidamente a penas dejas notar el suave balanceo. Indecisiones jamás.

Pero que descanso cuando me acogieron, los seguí y deposité esa confianza que te enseña a desplazarte por cuatro paredes,  testigos de mi sensibilidad para continuar o respaldar al de enfrente.

Sólo vi una fuerte dulzura, un espléndido desprendimiento en cada persona. Qué enriquecedora la retroalimentación de ponencias y expresiones corporales, qué liberador poder compartir con otros lo que te llena la mente y el corazón, y te impulsa a bailar.  Sin ser perfectos somos nuestros propios maestros de la danza.
Huguette Gallardo

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